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sábado, 30 de noviembre de 2013

ALERTA INFANTIL EN FILIPINAS

Sharon, de dos años, tose agotada y con fiebre, mientras se esconde en los brazos de Nerren L. Homeres. Tiene asma, y el fuerte hedor respirado mientras huían de Tacloban ha empeorado su estado. La mujer que la abraza con ternura es una enfermera voluntaria del orfanato Streetlight. Vive por y para los niños abandonados o rescatados de la prostitución y la mendicidad, muchos de ellos víctimas del sindicato, como vulgarmente se denomina a la mafia que trafica con menores en el archipiélago.
A sus 34 años, ha cuidado de Sharon como una madre, desde que la encontraron, con solo tres meses, tirada en la calle. Además de vencer su propio drama, la niña se ha convertido en una de las supervivientes más jóvenes del tifón Haiyan, considerado el más devastador de la historia.
 Aunque la intensidad con la que la naturaleza golpeó la isla de Leyte, en Filipinas, es comparable a 80 bombas atómicas, no fue suficiente para que Nerren se diese por vencida. Gracias a su coraje y al del resto de sus compañeros, los 41 huérfanos de Streetlight y otros 36 niños que recogieron posteriormente lograron sobrevivir. Ahora descansan, tras un durísimo peregrinaje de cinco días, en la Universidad de Cebú. Se organizan como una gran familia y, aunque no tienen un vínculo de sangre, están más unidos que si compartieran apellido. Muestran infinita gratitud hacia cada gesto de cariño e incluso celebran como el mejor de los regalos algo tan simple como recibir una almohada. Los más dicharacheros recuperan sus ganas de jugar, pero no todos sonríen. Algunos han tenido que ser atendidos por inhalaciones tóxicas, otros muestran sus cuerpos cargados de magulladuras, aunque la cicatriz más dolorosa, la que no alivian ni antibióticos ni vendajes, es la que desangra el alma de los que han visto cómo los suyos morían a su lado. Los que no eran huérfanos, posiblemente ahora lo sean, y aunque la enfermera mantiene la esperanza de localizar al resto de familiares, el proceso resulta lento y complejo.
El noruego Erlend Johannesen, creador del orfanato y uno de los héroes de nuestra historia, describe emocionado cómo consiguieron salvarse: "Al principio parecía que estábamos seguros en casa, pero el agua empezó a entrar por puertas y ventanas. Estallaron los cristales y teníamos que actuar rápido. A los pocos minutos la residencia se inundó y fue necesario subir a los 41 niños, uno a uno, al tejado. Las olas de más de cinco metros cubrían el edificio a modo de tsunami, pero nos mantuvimos abrazados, sin soltarnos".
La enfermera Nerren añade: "Los animábamos cantando, contando cuentos, y lo más importante del juego era no soltarse del compañero. Aunque estábamos muertos de miedo, teníamos que alegrarlos para minimizar el trauma". Cuando cesó la tormenta, les embargó la incertidumbre. Su hogar estaba destrozado, apenas tenían comida ni bebida, y el paisaje era terrorífico. Los cadáveres brotaban a cada paso. Bajo los escombros escucharon unos gritos de auxilio. Eran de una mujer que amortiguó los golpes con la espalda para que su hija sobreviviera. Apenas le quedaba un hilo de voz, pero siguió luchando hasta que uno de los voluntarios logró sacar a la pequeña.
 Durante los cinco días que anduvieron por el Apocalipsis, como denomina la prensa local a la zona cero, se encontraron con 36 menores que deambulaban en la más absoluta desesperación. Al ser un grupo cada vez mayor resultaba complicado pasar desapercibido o camuflarse. Con la ayuda de un policía consiguieron esconderse en una oficina, sin embargo, cuando el agente intentó llevarles comida y agua, unos asaltantes lo apuñalaron, bajo la atenta mirada de los niños. La anarquía se apoderaba de la ciudad, era imprescindible escapar. Según Lorena Cobas, de UNICEF, "hay 4,6 millones de menores en riesgo máximo". Estos pequeños afortunados han vencido con sobresaliente la batalla más desgarradora de sus cortas vidas, y gracias a personas como Nerren, la dramática pesadilla solo vivirá en sus recuerdos.
 odavía siguen de paso y ahora se preparan para subir, por primera vez, a un avión. Su próximo destino es Bacólod, Davao o Manila. Su orfanato está en ruinas, así que han pedido colaboración urgente al resto de centros para acoger a la inmensa avalancha de niños que necesitan un hogar.
Organizaciones como Chosen Children, en la capital filipina, o Kalipay Negrense, de la filipino-española Anna Balcells, habilitan sus viviendas con el objetivo de proteger a la infancia. Según Balcells, que en 2007 creó su fundación y que es una de las activistas más guerreras contra la explotación infantil, "en Filipinas hay más de 1.600.000 niños de la calle, y con este desgraciado tifón se espera que la cifra aumente considerablemente. Lo primero que debe hacerse es evacuarlos, pues son el primer objetivo para los secuestradores del sindicato, debido a su extrema vulnerabilidad".
Cuando estos pequeños no forman parte de las casas de acogida, pasan a ser simplemente niños de nadie, sin nombre, sin registro, sin identidad, y también sin futuro. Abandonados a la suerte y torturados de forma cruel y despiadada, sobreviven por inercia en la más absoluta de las miserias. Y ahora, para añadir más desgarros si cabe a su piel herida, reciben la brutal paliza de la naturaleza.
Son los huérfanos del tifón y depende de todos nosotros cambiar su destino. Erlend, Anna o la enfermera Nerren nos ofrecen sus manos, pero sin las nuestras es imposible.
 Ayuda a UNICEF en Filipinas (tel. 900 907 900). También se puede donar en www.streetlight.org, www.kalipaynegrensefoundation.org y www.chosenchildrenvillage.org